Hola, el día de hoy les voy a contar una de las anécdotas
más divertidas y desesperantes que me han pasado en la vida, o al menos en los
últimos 5 años: trataré de contar como me quede atorado en el metro del D.F. Esa maravilla del mundo moderno en la cual puedes pasar atorado toda tu vida, si no conoces las indicaciones necesarias para llegar a tu destino.
Habiendo dicho esto, vamos a empezar con nuestra historia.
Era un martes por la mañana, y yo iba llegando al DF. Rápidamente
te das cuenta que esa ciudad es muy diferente a Monterrey desde el momento en el que llegas:
Es impresionante la cantidad de gente que te encuentras ahí, los olores que
despiden los puestos de tacos de carnitas, los puestos de tortas de tamal
(llamados guajolotas) y los puestos de donas o churros que te encuentras casi
en cada esquina del centro histórico.
Al llegar al Zócalo me quedé asombrado por la longitud de
la plaza: un rectángulo en el que te das cuenta lo pequeño que eres ante la
cantidad de palacios que hay alrededor, y en un costado, la catedral de la
ciudad de México, donde puedes ver el resultado de excavaciones y observar como
los cimientos del lugar están sobre el templo mayor de Tenochtitlán, cuna de la
civilización azteca. Pero yo estaba
seguro sobre cuál era la primera parada
de mi viaje: el Palacio Nacional. Ahí adentro pude ver el cuarto donde estuvo
preso Benito Juárez, o el viejo salón parlamentario, donde se aprobó la
constitución de 1857, así como otros artículos históricos, como la silla, en la
cual Pancho Villa se sentó al tomar la capital de la Republica, junto al gran
Emiliano Zapata. Ahí vi muchas cosas en lo que esperaba a mi acompañante en esa
aventura.
Al llegar ella, nos dispusimos a ir a comer, a pesar de
mi insistencia de comer alimentos típicos de la ciudad de México, nos detuvimos
en un Burger King, donde pude constatar
que no importa a donde vayas, las hamburguesas de ese lugar saben exactamente
igual ahí o en China. Sirvió para que mi amiga y yo nos pusiéramos al corriente
en nuestras vidas: que habíamos hecho, como nos había ido, y lo más importante,
planear mi estadía en el DF.
Algo de lo que no estaba enterado, es que en esa época
había lluvias todos los días, así que al salir de comer, nos pescó la lluvia. Rápidamente
caminamos por Reforma hasta el edificio Latinoamericano, donde esperábamos
poder resguardarnos en lo que pasaba la lluvia. Mientras corríamos, nos dimos
cuenta que los vendedores, personas que estaban al pendiente del pronóstico del clima y hábiles a la hora de encontrar
oportunidad de negocio, ya tenían impermeables y paraguas listos para vender.
Compramos uno de cada uno y nos tratamos de resguardar en lo que pasaba la
lluvia.
Pasaron de 15 a 20 minutos y la lluvia no amainaba,
entonces decidimos que solo había una cosa por hacer: correr al metro y de ahí
cada quien ir a nuestro destino. Nos apresuramos a correr a la estación Bellas
Artes, pasando por el bellísimo palacio, y a pesar de que nos llenamos de agua
hasta los calcetines, logramos entrar a la estación del metro, y ahí empieza el
terror.
La misión a partir de ahí era simple: mi amiga tenía que
llegar a Tasqueña – la última estación de la línea azul o línea 1 del metro – y
yo llegaría a Zócalo, la estación siguiente a Bellas Artes, y desde ahí caminaría hasta el lugar donde me
hospedaba, en la calle Regina, así que solo quedaría esperar a que llegara el
tren que nos dejaría a cada quien en nuestro destino, pero no contábamos con lo
que sucedería a continuación.
Al llegar el tren, y alcanzar lugar, no nos habíamos
percatado de algo: eran las 6 de la tarde, y toda la gente estaba saliendo de
sus trabajos, y con la lluvia, el lugar seco más seguro, era sin duda alguna el
metro, donde toda la gente fue a dar. Como película de terror, mi amiga y yo
nos quedamos esperando el momento de que cerraran las puertas y movernos de
ahí, pero, no sé si por indicaciones o por iniciativa del conductor, esperó lo
suficiente para que pudiera entrar más gente, llenándose el vagón casi en su totalidad.
Mi amiga y yo
quedamos alejados de cualquier poste para sostenernos del movimiento natural
del metro, pero nos dimos cuenta que esto no era necesario, ya que la cantidad
de gente era tanta, que parecíamos artículos frágiles dentro de una caja,
envueltos con plástico de burbujas: sin importar el movimiento, nosotros
seguíamos de pie. Esto, para un pueblerino como yo, era algo asombroso y
aterrador a la vez, ya que no sabía qué pasaría si necesitaba rascarme las
rodillas, o si necesitaba cambiarle de canción a mi iPod, me sentía indefenso.
Al poco tiempo nos pusimos en camino, y la siguiente estación era donde yo me bajaba:
Zócalo.
Al llegar a esa estación, me llené de miedo al darme
cuenta que la cantidad de gente que esperaba subir era incluso mayor a la
cantidad que quería bajar, y cuando intenté salir, la marea de gente tratando
de entrar me aventó , como niño de 3 años siendo empujado por las olas del mar.
Volví a estar en el punto de inicio.
Yo siempre he sido una persona tranquila y llena de
civismo a la hora de lidiar con mareas de gente, pero realmente necesitaba
salir, y estaba atrapado, en un lugar que no conocía, en un ambiente que no era
el mío, y desesperado por llegar a mi
lugar de confort: mi hostal. Entonces fue cuando mi amiga, viendo mi cara de desesperación,
me dio un consejo que me sirvió el resto de la semana – pelea por salir, a la
gente no le importa que se lo pidas amablemente – esas fueron sus palabras y
ahí me di cuenta de lo que tenía que hacer.
En ese momento, parecía que la marea estaba cambiando; el conductor dio
un mensaje que por motivos técnicos, tardarían 5 minutos en cerrar las puertas
y ponerse en movimiento. Esto causó estragos en la gente, desesperada por
llegar a ver sus novelas y cenarse unos tacos de suadero, pero en mí y los que
estaban alrededor mío, quienes, conscientes de que tenía que salir, se
solidarizaron conmigo y, aunque no podían moverse mucho, aflojaban el cuerpo y
entendían que el manoseo no era intencional, y logre avanzar cerca de la
salida. Todo parecía indicar que
lograría mi objetivo cuando, de repente, la puerta se cerró y el metro se puso
en movimiento, ante la mirada atónita y risa de mis compañeros de vagón.
Triste y abatido por no haber logrado el objetivo, el
tren siguió en movimiento hasta llegar a la siguiente estación: Pino Suarez,
donde mucha gente bajó para abordar otras líneas. Entonces, a lo lejos, me despedí
de mi amiga y proseguí mi camino, para poder regresar a la estación Zócalo, y
al buscar indicaciones para el otro carril (el metro es un lugar lo
suficientemente complicado como para perderte ahí, en serio, me pasó) llegue a
un mapa, en el cual me di cuenta de algo que no sabía al llegar al metro:
estaba en el lugar de trasbordo de la estación que me llevaría a mi hostal.
Seguí las indicaciones y pregunte a varios oficiales de
policía, y llegue a la otra línea del metro, la línea 2 o línea Rosa, en la
cual aborde rápidamente un tren que iba llegando y seguí mi camino a la
estación Isabel la Católica, donde camine un par de cuadras y llegue a mi destino.
Espero esta anécdota les haya gustado, y después les
platicaré sobre como hice para regresar a mi hostal desde la avenida Calzada del
Hueso con solo 45 pesos.a las 12 de la noche




5 comentarios:
Nunca me he subido al metro del DF, si el tren ligero de Guadalajara se me antoja complicado en horas de entrada y salida de trabajo me doy cuenta que es la gloria a comparacion de lo que tuviste que vivir en el metro, espero la segunda parte de la aventura, saludos.
vaya! y yo me asusté la vez que fui al estadio "el volcán" en metro aquí en Mty, pero lo bueno que tooooodos iban al mismo sitio en este caso y no quedé atrapado como tú, pero en el camión ruta 50 si me ha pasado algo como lo que te pasó a ti, saludos Juanjo -KoZ
JAJAJA parece historia de terror a la 28 weeks later, pero es una realidad para el chilango promedio, ojala y vengan mas historias como estas, buen trabajo amigo J.J.
Muy buena anecdota, digane de 28 weeks later, vengan mas posts como este
nada mal la anécdota, un poco exagerada, porque desde donde estabas, en Bellas Artes pudiste irte caminando sin problemas a Regina, bueno, a mi me gusta caminar, pero créeme, lo que viviste es leve a comparación de la Línea A del metro, como conecta al estado es ENORME la cantidad de gente, de hecho la primera foto que pones en tu entrada es precisamente dicha línea. Imagínate la odisea para entrar. Saludos.
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